Autoanálisis previo para trabajar como Mediador (VI): ¿Auto-conocimiento o auto-desconocimiento? 0

Posted on 1, junio 2015

in Category Formación en Mediación, Mediación, mediador


No es tarea fácil ni cómoda la clásica máxima socrática “Conócete a ti mismo”, pero en el quehacer de todo mediador/a es de vital importancia la introspección y la reflexión, como norma y método.

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“Hay tres cosas sumamente duras: el acero, el diamante y conocerse a sí mismo”, Benjamin Franklin

La identidad personal y social son construcciones que se adquieren a lo largo del tiempo y están condicionadas por aspectos intrapersonales, interpersonales y sociales, es decir, por aspectos que tienen que ver conmigo mismo, por otros que tienen que ver en mi relación con otra persona y por aquellos que me surgen cuando estoy en grupo. Y por complicar aún más lo que ya es complejo de por sí, la certeza de que nadie permanece estático a lo largo de su vida, al menos no en los tres ámbitos (intrapersonal, interpersonal o social), porque el cambio, como el conflicto, es consustancial a la naturaleza humana. Dijo Aristóteles que en la naturaleza sólo hay una ley inmutable, y es que todo se modifica y cambia, por lo que toca reconocerlo en cada uno de nosotros y trabajar en ello, aunque sea difícil, complejo y en muchas ocasiones un proceso nada placentero.

De Diego Vallejo y Guillén Gestoso (2008) enumeran los requisitos de la persona mediadora:sentido del humor, humanidad, modestia, sencillez y naturalidad, capacidad de escucha, comprensión y paciencia, dotes de comunicador, convicción en lo que hace, persuasión, discreción, prudencia, ecuanimidad, sobriedad y ejemplo, capacidad de ver más allá de lo evidente, observación cuidada, poco apego al pasado, desarraigo, ética, integridad por encima de todo”.

Quizás se podrían añadir algunas más, o no, no lo sé, porque en mi propio autoconocimiento no me he parado tanto a reflexionar las características o rasgos que yo debería tener como persona y/o como mediadora, sino en detectar, comprender y relativizar mis comportamientos en situaciones que me inquietaban, para bien o para mal, y a partir de ahí reconocer y aceptar quién soy y empezar a trabajar en aquello que quería modificar.

Cuatro propuestas para empezar a trabajar:

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Las emociones

Un místico de principios del siglo XX, Gurdjieff, cuenta que una vez visitó un monasterio situado en las inmediaciones entre Asia y África, -no indicaba exactamente dónde-. Cuando llegó al monasterio le entregaron un cartel que debía colgarse al cuello y llevarlo durante todo el tiempo que estuviera allí. El cartel tenía anverso y reverso.

En el anverso decía, más o menos: “hoy no me encuentro bien, no me hagáis caso. Si me notáis ofuscado, triste o ausente, no me lo tengáis en cuenta, no tiene nada que ver con vosotros, es sólo que hoy no me encuentro bien. Si os digo algo desagradable, tuerzo el gesto o no os saludo, no me lo tengáis en cuenta, no tiene nada que ver con vosotros, soy yo que hoy no me encuentro bien”.

En el reverso del cartel también había algo escrito: “hoy me encuentro bien, no me hagáis caso. Si me notáis efusivo, alegre e incluso eufórico, no me lo tengáis en cuenta, no tiene nada que ver con vosotros, es que hoy me encuentro bien. Si os doy un abrazo, un beso y os felicito por algo, no me lo tengáis en cuenta, no tiene nada que ver con vosotros, es que hoy me encuentro bien”

Transcurrido un tiempo se fue a su maestro, le entregó el cartel y le dijo, ya lo he comprendido.

Las emociones nacen de ti y son para ti, constituyen información íntima, interna y nos preparan para el movimiento, para la acción. Las emociones nos informan de lo que les interesa y no les interesa a las personas, centran nuestra atención en un foco. Observar nuestras reacciones frente a acontecimientos o impulsos externos nos ayudará a detectar lo que nos gusta y lo que no, hacia dónde vamos, nuestras debilidades y nuestras fortalezas, tomando consciencia de quienes somos, aprendiendo a manejar las riendas de nuestras reacciones evitando que sean las emociones las que respondan por nosotros, siendo nosotros los que mantengamos en todo momento el control, de nuestra vida y de la entrevista o del proceso en nuestra actuación como mediadores.

El ego

El ego nos dota o nos quita recursos para el día a día. Consideremos al ego como la idea que cada uno de nosotros tiene de sí mismo, es decir, que el ego no constituye más que una idea, una ilusión, pero una ilusión que ejerce gran influencia.

El ego tiene buenas intenciones, siempre quiere protegernos de un riesgo, del riesgo de ser dañados/as, del riesgo de perder, del riesgo de no ser aceptados/as, del riesgo de que nos dejen de querer, del riesgo de no ser reconocidos/as, entre otros. El ego tiene las mejores intenciones, pero también tiene una visión muy pequeña de la realidad y una realidad muy parcial de la situación.

En un proceso de mediación, la persona mediadora que alcance un ego estable y saludable se desprenderá de disfraces y personajes y su presencia en las sesiones no conllevará protagonismo.

La crítica y el juicio

Aceptamos y respetamos a los otros en la medida en la que cubren nuestras expectativas porque hemos aprendido a ver el mundo desde nuestros ojos y si no es como lo vemos nosotros, entonces no está bien.

“No son las cosas las que nos inquietan, sino las opiniones que tenemos sobre las cosas” Epicteto

La Mediación no consiste en buscar la verdad, -nuestra verdad-, ni en dirigir la sesión y las conversaciones hacia lo que es justo, -nuestra idea de justicia-, sino en volver a contar la historia modificando el significado que originalmente le dieron los mediados y creando las condiciones necesarias para que las partes hagan un aprendizaje que genere significados y comportamientos alternativos a los anteriores que les llevaron al conflicto.

Pero para ello, para poder propiciar ese nuevo relato, primero hemos de aprender a ver las “etiquetas” con la que habitualmente juzgamos todo lo que nos rodea y simplemente plantearnos si se trata de una verdad universal o, quizás, sólo de una visión parcial, ni tan siquiera una certeza.

Las creencias irracionales

También denominadas distorsiones cognitivas, concepto acuñado por A. T. Beck, y provienen de esquemas cognitivos que hemos ido formando desde la niñez a partir de nuestras experiencias vitales. Es decir, que son algo así como los programas mentales que cada uno llevamos insertados y por tanto errores que comete nuestro pensamiento de manera sistemática, al procesar la información que proviene de todo aquello que nos rodea: el mundo, el futuro, nosotros mismos, nuestra relación con los demás, etc. Distorsionando con ello la realidad. Por ejemplo:

  • “Mi hijo prefiere estar con su madre, eso es que no me quiere, o no me quiere igual que a ella”. Parece un pensamiento con escasa fundamentación lógica, ¿no?
  • “Si veo menos a mi hijo, entonces dejará de quererme”. Erróneamente, confundimos e identificamos cantidad de tiempo en común con calidad del vínculo afectivo.

 

“El mundo es lo que es. No es el mundo, sino nuestro conocimiento, lo que puede ser verdadero o falso”, Jaspers

Si estás viviendo un conflicto contacta conmigo aquí

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